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Reseña

PRÓLOGO

El cáncer se ha convertido en uno de los mayores desafíos para la medicina desde la antigüedad. Los primeros registros de esta enfermedad se remontan a civilizaciones como la egipcia y la griega, donde ya se describían masas tumorales y se intentaban intervenciones quirúrgicas rudimentarias. A lo largo de la historia, la comprensión del cáncer ha evolucionado desde interpretaciones místicas hasta enfoques basados en la biología molecular y la genética. Hoy se reconoce al cáncer como un conjunto heterogéneo de enfermedades caracterizadas por la proliferación descontrolada de células que adquieren capacidades adaptativas para sobrevivir en un microambiente diferente.
Los mecanismos de adaptación celular son fundamentales para la progresión tumoral. Entre ellos destacan la resistencia a la apoptosis, la evasión de la respuesta inmune, la angiogénesis sostenida, la reprogramación metabólica y la capacidad de invadir tejidos adyacentes y formar metástasis. El diagnóstico ha experimentado un progreso significativo en las últimas décadas. Además de la exploración clínica y las pruebas de laboratorio, las técnicas de imagen como la tomografía computarizada, la resonancia magnética y la tomografía por emisión de positrones permiten una caracterización anatómica y funcional precisa de los tumores. Paralelamente, los avances en biología molecular han impulsado el desarrollo de biomarcadores, biopsias líquidas y estudios genómicos, que facilitan la detección temprana y la selección de tratamientos personalizados.
En los tumores sólidos, como los de próstata, vejiga, mama, cérvix, estómago, hígado y vías biliares, páncreas, colon y esófago, se reconoce una interacción compleja entre predisposición genética, factores ambientales y alteraciones celulares que permiten el crecimiento descontrolado y la invasión tisular. Cada tipo presenta características clínicas particulares: el cáncer de próstata y vejiga se asocian estrechamente con el envejecimiento y exposiciones ambientales; el de mama y cérvix mantienen un fuerte componente hormonal y viral, respectivamente; los tumores gástricos, pancreáticos y biliares suelen diagnosticarse en estadios avanzados; mientras que los de colon y esófago muestran una elevada carga atribuible a hábitos de vida y predisposición genética.
En el cáncer hepático, la cirrosis y las infecciones crónicas por virus hepatotropos son los principales determinantes, condicionando el patrón de crecimiento tumoral y la respuesta al tratamiento. El compromiso de las meninges, aunque infrecuente, resalta la capacidad de diseminación del cáncer hacia el sistema nervioso central, con un pronóstico generalmente desfavorable.
En los cánceres hematológicos, como los linfomas no Hodgkin y la leucemia, la alteración primaria radica en la proliferación clonal de células del sistema inmune o hematopoyético. Su diagnóstico se sustenta en estudios de médula ósea, inmunofenotipo y biología molecular, lo que ha permitido desarrollar terapias dirigidas altamente efectivas.
Los métodos diagnósticos han evolucionado hacia técnicas de imagen de alta resolución, biomarcadores específicos y análisis genómicos, los cuales facilitan la detección temprana y la estratificación precoz. Las terapias han evolucionado desde la cirugía y la quimioterapia convencional hasta enfoques más selectivos, como la inmunoterapia y los tratamientos dirigidos a alteraciones moleculares específicas.
El abordaje integral del paciente implica no solo la selección del tratamiento más adecuado, sino también la preparación física, nutricional y psicológica, junto con el acompañamiento familiar y social. La investigación continua y el enfoque multidisciplinario constituyen la base para mejorar la supervivencia y la calidad de vida en los distintos tipos de cáncer.



Luis F. Altamirano Cárdenas
Autor
Universidad Católica de Cuenca

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