Autobiografía del Padre Dolindo Ruotolo. Volumen 2
Este Segundo Volumen hace un recorrido por la vida del Padre Dolindo desde 1921 hasta 1970, año en el que fallece en Nápoles. Desde 1922, por casi 16 años y medio, comienza el Padre Dolindo otra etapa de su vida: el cáliz del dolor que debe tomarlo gota a gota, hasta el fondo. Sin alivios, sin consuelo. Él sabía perfectamente lo que le esperaba; sin embargo no imaginaba que su condena lo dejaría suspendido por muchos años. No conocía el significado de esta suspensión del Ministerio sacerdotal: una aparente contradicción con su profundo empeño apostólico, con su vocación de llevar almas a Dios; no preveía que durante los años de la inercia del Ministerio sacerdotal publicaría no solo música, sino que tendría también tanto tiempo para estudiar, meditar y escribir libros importantísimos de comentario y de meditación sobre la Sagrada Escritura. Todo estaba dosificado en la vida del Padre Dolindo. Todo. Todo menos el dolor, que siempre será fuera de medida, más allá de cualquier medida. Finalmente llega 1937, año en el que el Padre Dolindo queda rehabilitado para celebrar la Santa Misa. Pasan los años para el Padre Dolindo, pero ni siquiera su edad avanzada lo detiene en su actividad, que se hace cada vez más ferviente. Devorado por el amor que lo consume por Dios, consumiéndolo por las almas, él no conoce descanso, su jornada es de veinte horas, y eso es demasiado para su edad. En 1969, un infarto cerebral le inmoviliza el lado izquierdo, sin embargo a pesar de su semiparalización volvió a salir para su apostolado de caridad. Las almas dándose cuenta de que se hallaban ante un auténtico Sacerdote de Dios, aunque físicamente destruido, quieren aprovechar sus últimas fuerzas, exigiendo de él con insistencia cada vez mayor, la palabra, el consuelo, la oración. Muchísimas son las personas humildes, pero muchas también las personas famosas que acudían a él. Cabe mencionar la gran estimación mutua que se guardaban el Padre Dolindo y el Padre Pío de Pietrelcina, quien en una ocasión dijo del Padre Dolindo que “en su alma hubo y siempre habrá el Paraíso”.