Inteligencia emocional y liderazgo comunicativo en las escuelas de la Amazonía peruana
Este libro nació de una incomodidad. No de la incomodidad abstracta que a veces inspira la investigación académica, sino de una muy concreta y cotidiana: la de observar, año tras año en las aulas y pasillos de las escuelas públicas de Iquitos, cómo la calidad de una institución educativa depende en buena medida de algo que los informes de gestión nunca miden y que los concursos de acceso a cargos directivos rara vez evalúan. Ese algo, que durante mucho tiempo nombramos simplemente como 'la manera de ser' del director o la directora, tiene un nombre preciso en la literatura científica: inteligencia emocional.
Las dos tenemos más de veinte años enseñando en instituciones educativas públicas de secundaria en el distrito de Iquitos. Eso equivale a más de dos décadas observando directivos: los que generan confianza y los que generan miedo, los que escuchan y los que imponen, los que comunican con claridad y los que dejan a sus docentes adivinando qué se espera de ellos. Con el tiempo, y con la formación de posgrado que nos llevó a esta investigación, fuimos entendiendo que esa diferencia la que separa al directivo que une del que divide no estaba en el conocimiento técnico ni en los años de experiencia: estaba, fundamentalmente, en la capacidad de gestionar emociones propias y ajenas.
Esta investigación fue nuestra manera de decirle a esa intuición acumulada: 'pongámosla a prueba'. Con una muestra de 218 docentes de siete instituciones educativas de Iquitos, con cuestionarios validados y con análisis estadístico de regresión, encontramos que la inteligencia emocional predice el 54,3% de la comunicación efectiva de los directivos. Más de la mitad. No como metáfora ni como impresión subjetiva: como dato, como número, como evidencia que resiste el escrutinio metodológico.
Escribimos este libro porque creemos que ese dato merece ser conocido más allá del tribunal que evaluó nuestra tesis. Lo escribimos para los directivos de las escuelas amazónicas que merecen formación de calidad y no solo exigencias. Para las autoridades educativas de Loreto que toman decisiones sobre capacitación sin suficiente evidencia local. Para los investigadores que todavía tratan a la Amazonía como periferia del conocimiento. Y para quienes, como nosotras hace años, sienten esa incomodidad productiva que es el primer paso de toda investigación que vale la pena.