EcuadorEcuador
Detalle
ISBN 978-9942-34-087-0

Dos novelas desde el margen

Autor:Velasco Mackenzie, Jorge Eduardo
Editorial:Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión
Materia:Novelística ecuatoriana
Clasificación:Ficción moderna y contemporánea
Público objetivo:General
Publicado:2022-09-22
Número de edición:1
Número de páginas:254
Tamaño:13x21cm.
Precio:$10
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

Una eterna deuda

Que otros hablen de la obra y de la literatura que inventó Jorge Velasco Mackenzie. Yo hablaré del amor que Velasquenzie —como lo llamamos quienes más cerca estuvimos— compartió por el arte de leer y escribir. «Me parece tan largo este viaje que creo que podré rememorar toda mi vida», dice el protagonista del libro El ladrón de levita. Tomo esta idea para recordar que la historia, la vida literaria del Ecuador siempre estará incompleta sin Velasco Mackenzie. Será una deuda eterna por la manera poco amable en que dejó este mundo.
Nos conocimos por 1988 o 1989 en su taller de escritura de la Casa de la Cultura de Guayaquil, en el cual también daba clases Mario Campaña. Fue un encuentro terrible para él, porque yo era un pésimo lector y en realidad no tenía idea de lo que significaba escribir con algo de calidad; y fabuloso para mí porque sin Velasquenzie, hoy no sería la persona ni el escritor en que me convertí. Más allá de consideraciones formales, exageraciones y cualquier otra banalidad que se pueda decir, Velasco fue un maestro incondicional, generoso y determinante para muchos quienes compartimos sus palabras y pasamos por sus talleres.
Ahora puedo llamar privilegio al hecho de haber disfrutado de sus clases, y luego de ser su alumno, convertirme en su amigo. El amor se hizo patente desde la primera vez en que me habló de Walt Whitman, Emily Dickinson, Pablo Palacio, Jorge Enrique Adoum, Clarice Lispector, Edgar Allan Poe, Ileana Espinel, Horacio Quiroga, Louis Ferdinand Céline, Hugo Mayo, Isaac Babel, Antón Chéjov, Jean Genet, Antonio Cisneros, T. S. Eliot, José Saramago y tantos escritores que luego se convirtieron en imprescindibles para mí. Sin duda, Velasco era feliz cuando hablaba de ellos —sobre todo de Carlos Fuentes—, como si fueran sus amigos, como si compartiera con ellos cada fin de semana como hacía con sus queridos alumnos. Me invitó a su casa, me ofreció su biblioteca, me regaló libros, compartí con su familia. Crecí con sus críticas y feroces palabras que luego sirvieron para crear mi propio estilo y personalidad en la escritura.
En 2003 lo entrevisté para diario El Universo por la publicación de su libro Río de sombras. Entonces dijo: «Algo que los escritores ecuatorianos contemporáneos jóvenes han abandonado es la poesía. Eso para mí es fatal. Me considero un gran lector de poesía, incluso me atrevo a decir que soy mejor lector de poesía que lector de prosa. Me gusta la gran poesía anglosajona, la gran poesía latinoamericana. Los escritores actuales no leen poesía. Yo he hablado con ellos y en su literatura se les ve. Porque notas el ritmo, ahí aparece un ritmo inconsciente. Si lees poesía aparece un ritmo que te persigue, el ritmo de la poesía».
Ese ritmo está en su libro Tambores para una canción perdida, aquí narra la desventura de un hombre negro que huye en busca de los pedazos rotos de su canción. Es una metáfora, una historia inconclusa en la cual convergen muchas voces, muchos tonos que intentan construir una fantasía, un país que nombraron Ecuador, una ilusión… Quizá es un despropósito lo que escribo, pero entonces vuelve la frase de Lewis Carroll en boca de Velasco: «Imaginar la llama de una vela pero cuando ya está apagada», pienso que esa imagen se podría usar para ilustrar lo que somos en Ecuador. Velasco Mackenzie lo sabía: no hay melodía que sirva, es imposible juntar los trozos de nuestra canción. La deuda sigue. Es eterna.

Francisco Santana

Contáctenos:

Eloy Alfaro N29-61 e Inglaterra, 9° Piso. / Tel. +593 2 2553311 / +593 2 2553314