Inclusión educativa sin fronteras. Caminos hacia una escuela para todos
En la narrativa que se desarrolla en el siglo XXI, el concepto de inclusión educativa se ha convertido en un campo de disputa epistemológica, ética y política, lo que plantea un desafío directo a las instituciones educativas modernas y sus compromisos históricos con la equidad. El discurso ha trascendido la mera expansión del acceso o las modificaciones superficiales; ahora requiere un examen crítico de los supuestos fundamentales que sustentan los marcos educativos selectivos, normalizadores y excluyentes. Desde este punto de vista analítico, abordar la noción de inclusión requiere el reconocimiento de que la educación constituye un derecho humano inalienable, cuya realización exige una transformación de las lógicas institucionales que generan desigualdad, marginación y jerarquización de las diversas identidades.
Como académica, afirmo que el concepto de inclusión educativa no debe limitarse a una clasificación técnica o a una colección de mejores prácticas descontextualizadas. Más bien, encarna una orientación crítica hacia los paradigmas pedagógicos que han convertido la homogeneidad en sinónimo de calidad. Históricamente, las instituciones educativas han funcionado dentro de una racionalidad que categoriza, organiza y excluye; por lo tanto, la discusión en torno a la inclusión exige que se reconozca que tales prácticas no son incidentales, sino que son el producto de elecciones políticas, culturales y pedagógicas que merecen un escrutinio riguroso e intelectualmente honesto.
En este contexto, el marco conceptual de “educación sin fronteras” articulado a lo largo de este texto trasciende la mera superación de las limitaciones geográficas; abarca el desmantelamiento de las barreras simbólicas, curriculares y epistemológicas que inhiben el acceso integral al aprendizaje. Estas barreras delimitan entre el conocimiento legítimo y el conocimiento marginado, así como las vías normativas y las experiencias disidentes. Adoptar una educación sin fronteras requiere el reconocimiento de que la diversidad no es una anomalía que deba gestionarse, sino la condición fundamental de cualquier experiencia educativa genuinamente democrática.
Las contemplaciones que se ofrecen en este manuscrito se sitúan en un entorno global caracterizado por importantes trastornos sociales: migraciones forzadas, crisis ambientales, desigualdades duraderas y rápidos avances tecnológicos. En este contexto, las instituciones educativas no pueden permitirse permanecer indiferentes o neutrales. En consecuencia, la inclusión educativa surge como una respuesta ética a la desintegración social y una obligación política de promover la cohesión, la justicia y la dignidad humana. Este discurso no aboga por la idealización de la diversidad, sino que la enfrenta como un desafío que exige enfoques innovadores para el diseño curricular, la evaluación, las relaciones pedagógicas y la gobernanza educativa.
Desde un punto de vista reflexivo, es fundamental reconocer que la inclusión también representa un desafío para quienes nos dedicamos a la investigación, el diseño de políticas o la formación docente. No estamos fuera de las complejidades del tema. Nuestros marcos analíticos, metodologías y decisiones académicas perpetúan o cuestionan la misma lógica de exclusión que criticamos. Por lo tanto, este libro aboga por una reevaluación profunda de las responsabilidades éticas inherentes a la academia y subraya la necesidad de generar conocimiento que se comprometa a fomentar la transformación social, evitando así las narrativas complacientes que privan de significado al concepto de inclusión.
En última instancia, este prólogo no está diseñado para concluir las discusiones ni proporcionar certezas absolutas. Su propósito es, en cambio, facilitar un marco para el diálogo crítico y contextual, en el que la inclusión educativa se conceptualice como un proceso continuo, dinámico e intrínsecamente polémico. En este sentido, “Inclusión educativa sin fronteras. Caminos hacia una escuela para todos” aboga por una reconceptualización de las instituciones educativas como un esfuerzo colaborativo, en el que cada individuo, en su singularidad, experimente no solo el acceso, sino también el reconocimiento, la participación y la agencia. En ese compromiso se encuentra, en mi opinión, el potencial de experiencias educativas genuinamente transformadoras.
Angel Aurelio Morocho Macas
Doctor en Ciencias de la Educación
Universidad Católica de Cuenca